En el marco del Congreso
Inventar las Democracias del Siglo XXI
Participación de
José Javier León
Docente de la UBV Zulia
Viernes 22 de mayo de 2015
Centro de Arte de Maracaibo
Lía Bermúdez (CAMLB)
“…para nosotros el tiempo es vida, pero para el capital el tiempo es oro.”
“Necesitamos liberar el trabajo del concepto capitalista de trabajo, que no es trabajo nada.”
Hay
un problema directamente relacionado con la educación: por fragmentar
los conocimientos vemos la cultura por un lado, la política por otro, la
economía por otro, en fin, creo que ahí está una clave de los problemas
que se nos han ido presentando y nos han hecho víctimas de un sistema
que ha generado mecanismos diversos, múltiples, de deshumanización. Por
eso he querido comenzar con una pregunta que es como una suerte de
adivinanza: ¿qué tienen los ricos que no tenemos nosotros y no es
dinero, ni propiedades? Hay algo que los ricos tienen y tienen en
abundancia que no es –repito- dinero ni propiedades; tienen… Tiempo. Y
el tiempo es lo que menos tienen los pobres.
Nosotros
hemos sido víctimas de una división viejísima: saber y trabajo. El
conocimiento requiere tiempo, el trabajo requiere esfuerzo; y aunque
ciertamente, ocupe tiempo, éste lo perdemos: lo vendemos, lo alquilamos,
nos lo compran o roban, porque la relación nunca es equitativa.
Esa
clave del tiempo es estratégica para nosotros y debemos comenzar a
considerarla porque todos los esfuerzos que hagamos como docentes, como
activadores culturales, como responsables de la política pública en
torno a la cultura, es la construcción del tiempo colectivo como una
manera de liberarnos estructuralmente del dominio del capital. Es decir,
si nosotros en nuestras comunidades, en los colectivos y
organizaciones, no construimos formas para la liberación del tiempo
estaremos siempre dominados por las relaciones de capital.
Una
de las cosas por las que, por ejemplo, poca gente del pueblo asiste a
actividades como esta es, precisamente, porque no tiene tiempo. El
tiempo lo tenemos nosotros porque contamos con un sueldo, porque tenemos
ventajas en la distribución de la riqueza nacional, es decir nos queda
tiempo para sentarnos a reflexionar. Es más, de alguna manera nos
exculpamos porque el Estado está subvencionando este momento en que
estamos acá. Pero al señor, a la señora, al joven o a la joven del
barrio, de la comunidad, nadie le está pagando, o el Estado no está
cubriendo su asistencia aquí aunque se haya hecho un montón de cosas
para que sí (mejorando las relaciones laborales, reduciendo el tiempo de
trabajo, mejorando las vías y el transporte, llevando salud y educación
a las comunidades, etc.), mas todo eso resulta imperceptible a menos
que haya una buena campaña de información, de cultura, de educación,
para la que se requiere –otra vez- tiempo.
De
modo que las personas no participan en actividades como esta porque
están digamos trabajando o están viendo cómo hacer para sobrevivir, para
hacerle frente a la vida y a las necesidades económicas que no tienen
como subvencionar sino con un esfuerzo que entienden como exclusivamente
propio.
Esa
situación persiste con todo y que –repito- se han generado ventajas a
través de una mejor distribución de la riqueza lo cual se manifiesta en,
por ejemplo, las mujeres del barrio que reciben ayudas económicas por
los hijos y eso obviamente, les da más tiempo; cada ayuda económica,
cada subvención se convierte en tiempo porque es menos el que tienen que
dedicar para sobrevivir. En efecto, hoy muchas personas de la clase
media sobre todo, se quejan de que ya no consiguen personas para el
servicio doméstico, por supuesto lo primero que piensan es en la cola de
los “bachaqueros”, pero muchas que antes trabajaban en el servicio
doméstico ya no tienen necesidad de hacerlo, tienen otras entradas
económicas; muchas están estudiando… en otras palabras, tienen más
tiempo. Aunque remotamente pueda ser agradable el trabajo doméstico
ajeno, estoy seguro que muchas mujeres preferirían no hacerlo, estar en
su casa y atender a su familia.
El
hecho es que el tiempo es una sustancia material que han administrado a
su placer las clases poderosas, desde siempre se lo han expropiado a
las mayorías por diversas vías, la más terrible sin duda la esclavitud:
quitarle el tiempo a la persona a la fuerza; hoy evidentemente hay
esclavitud aunque la coerción no sea “violenta” y no veamos las cadenas
como decía Alí Primera. De modo que, podemos decir, ciertamente, que el
tiempo no nos pertenece.
Aunque
le juguemos kikirigüiqui, siempre de alguna manera estamos dependiendo
de las estructuras de dominación que pasan por el control del tiempo.
Pero esa dominación es, sin embargo la más invisible no obstante ser la
más tenaz. No la percibimos pero vemos sus efectos, se materializan sus
efectos no la base, la fuente de la dominación.
Así,
nuestro plan político debe estar dirigido a conquistar zonas de tiempo
liberado. Debemos crear espacios –los ricos los llaman de ocio, pero con
una carga peyorativa-, y llamarlos ocio si nos da la gana, pero eso sí
entender que se trata de una apropiación del tiempo, o empleando una
palabra que está en discusión pero cuyo significado conocemos: un
empoderamiento. Las comunidades, el común de nuestro pueblo, nosotros
mismos, debemos empoderarnos y buscar mecanismos políticos para hacernos
del tiempo porque es ahí donde se pueden cultivar, por ejemplo, los
conocimientos.
No
hay educación liberadora sin tiempo para la reflexión. Esto que estamos
haciendo acá, reunirnos, requiere tiempo, ahora bien, para que eso
ocurra deben estar cubiertas una serie de necesidades básicas. Claro,
muchas de esas cosas no las percibimos políticamente, o bien de manera
estratégica, y por eso nos quejamos de cosas que pasan como que, por
ejemplo, la gente no participa. Entonces llegamos a un barrio y decimos:
la gente es apática, la gente no quiere participar. Pero lo que sucede
en verdad es que no tiene tiempo.
¿Cómo
lograr una mayor participación? Pues tenemos que ir al fondo del
asunto: hay que cambiar las estructuras de la economía de esas
comunidades. Nada más y nada menos.
¿Cómo
logramos que las madres, los padres, puedan tener de 2 a 6 de la tarde
tiempo para sentarse satisfechos, en calma, cómodamente, a reflexionar, a
pensar, si lo que les queda libre es de las 7 a las 9 de la noche,
cuando ya están por supuesto cansados, y lo que les queda a veces sólo
es el fin de semana? ¿A dónde se dirigen las clases de Misión Sucre si
no a los fines de semana? Y entonces se les exige el doble, un extra que
el pueblo está dispuesto a dar, de hecho respalda esas políticas, pero
debemos considerar las cuestiones que tienen que ver con el cuerpo, con
la familia, con eso de lo que la gente tiene que desprenderse para robar
tiempo, en todo caso, retomar tiempo que el capital le ha expropiado.
Cuando
decimos que las reuniones del Consejo Comunal tienen que ser a partir
de las 8, o que tienen que ser los sábados y un ratico en la tarde… ¿Por
qué? Precisamente porque el tiempo que tendrían para la organización,
para la reflexión, para el trabajo colectivo, ha sido expropiado por las
relaciones de capital. Tenemos entonces que generar una economía
liberadora que les proporcione a las comunidades tiempo para la
reflexión, [para la cultura, para los bienes esencialmente humanos,
entre ellos los espirituales].
Y para ello hay unas claves que debemos atender. Una es que el capital creó como el non plus ultra de
lo humano el individuo, una construcción histórica y además abstracta;
es decir el individuo no existe, es una entelequia, porque la verdad es
que nadie es individual. La única manera de pensar lo individual es
pensarlo –si cabe la expresión- mentalmente, pues físicamente no existe
individuo como tal. Todos somos unidades complejas y en relación con. El
individuo es, pues, un concepto. Es una abstracción. Y es una creación
del capitalismo a la cual le encasquetó un nombre: el homo economicus. Y
sobre esa entidad capitalizó la economía, el derecho, la política. Por
ejemplo, el individuo [y sólo él] es un sujeto de derecho. Por eso
suceden cosas como ésta: una persona cae presa, pero la ley se olvida
por ejemplo de la familia, que la persona que incurrió en un delito es
padre, madre, que esa persona no está sola. Por cierto, de ello se dio
cuenta mi hijo… El punto es que el derecho no ve (la justicia es ciega, dicen) que la ley afecta sólo al individuo.
El
derecho, la economía, la política moderna se fundaron sobre esa entidad
abstracta que es una construcción histórica, el individuo, que el
capitalismo llamó con sus teóricos: el homo economicus.
Y esa entidad abstracta es atémpora, fíjense que desde el momento que
comienza a construirse aparece una frase que es muy propia del
capitalismo y que todos conocemos: el tiempo es oro. Porque lo que
surgió es que el tiempo va por un lado, que el tiempo del capital es uno
y el tiempo humano es otro: el tiempo de la vida. Pero este tiempo y la
vida fue expropiada para la reproducción del capital y el capital se
reproduce en un tiempo que es suyo, y que no es obviamente el tiempo
humano, el tiempo de la vida; no, el capital se reproduce a su tiempo, a
su ritmo y es tan bestial –y esto no es una metáfora- que no descansa y
no tiene dimensión del pasado, el presente y el futuro, sino que ocurre
(y corre) en un instante depredador, voraz, absoluto. Por supuesto,
este tiempo del capital no tiene nada que ver con los tiempos de la
vida, de lo orgánico, de la reposición, con los ciclos de la vida. Al
contrario, está por encima de todo eso porque su tiempo es otro.
La instancia abstracta que puede acompañar ese tiempo es el homo economicus; es decir, el capitalismo y su tiempo engendraron una entidad con un tiempo que tiene su propia naturaleza, el homo economicus,
el que puede vivir al ritmo del capital. Por supuesto, no hay cuerpo
humano –porque en definitiva hay un cuerpo humano- que aguante el ritmo
del capital. El homo economicus puede
encarnar en un alto ejecutivo o en un pobre que no encuentra qué comer,
pero encarna allí porque de lo que se trata es de que el capital, como
un vampiro, le absorba el tiempo.
La
clave está en que el capital expropia, incorpora el tiempo, se lo roba
de la vida y lo que engendra son entidades que se mueven, comen,
caminan, pero que no tienen vida. Porque para nosotros el tiempo es
vida, pero para el capital el tiempo es oro.
La entidad abstracta que el capital necesitó para poder moverse entre los humanos es el homo economicus,
una “persona” des-humanizada, realmente des-temporalizada, a la que se
le ha usurpado el tiempo. Por eso, las personas capitalistas o que
asumen el ritmo del capital viven rápido, en la angustia del tiempo que
pasa volando, en la angustia de la urgencia, todo es vertiginoso. ¿Y qué
dice la persona que está subsumida, que está absorbida por el
capitalismo? Dice: no tengo tiempo para nada. Para lo único que tiene
tiempo es para reproducir el capital.
Entre
las artimañas del capitalismo, la persona que vive sobrepasada en su
humanidad para poder cumplir los ritmos del capital, es la exitosa. Es
la misma artimaña que usa el capital con las madres: la madre que
estudia, que trabaja, que atiende el hogar… Todo eso y más se concibe
luego como valores, como un triunfo de la mujer cuando la verdad es que
ha sido cuatro, cinco, seis veces más explotada que el varón. Es pues
una cosa terrible porque nosotros y aun las mujeres asumen que eso es
una maravilla, puesto que han logrado sobreponerse a las limitaciones
del cuerpo y la familia para entregarle todo y más allá a la
reproducción del capital.
La
mujer o el varón que entregan su tiempo para dárselo como en un
holocausto al capitalismo dejan de ser personas, se deshumanizan y se
convierten en unas entidades abstractas, animadas pero sin vida, la
perfecta encarnación del homo economicus.
Ahora
bien, hay una clase social que es su encarnación colectiva: la clase
media. Hay dos cosas, de una voy a hablar, de la otra no. Hay, decía,
dos entidades que el capitalismo creó: una es el adolescente, que no
existía ni existe en otras culturas y que es una construcción del
capitalismo. La otra es, repito, la clase media.
Si nosotros atendemos por un momento a las características que he dado del homo economicus,
de esas “personas” sin tiempo, sin vida, deshumanizadas, entregadas al
capitalismo, no hay una clase que le dé más su tiempo al capitalismo y
que lo haga con orgullo, como quien se realiza plenamente. La clase
media ha hecho de la entrega de su vida al capital una iglesia, una
religión: está entregada en cuerpo y alma a la reproducción del capital.
Y aunque crea ser compensada por el consumo en verdad ello ocurre sólo
simbólicamente, porque nada puede compensar la pérdida del tiempo, pues
lo que se entrega, lo que la clase media entrega es tiempo. Por
supuesto, la compensación es pírrica, porque, si entrego tiempo, ¿cómo
un microondas me lo regresa?
Pero
es precisamente allí donde comienza la trampa del capital, cada objeto,
cada artefacto doméstico es vendido como tiempo. El confort es vendido
como tiempo. Ahora, es un tiempo que, dadas ciertas condiciones en que
se entrega retorna como objetos, artefactos y confort individualizado.
El confort difícilmente es colectivo, pues se experimenta
individualmente. El tiempo que entregamos en masa como clase social
creada por el capitalismo se nos regresa individualmente en artefactos,
en cosas materiales, en instrumentos individualizados, por eso
experimentamos individualmente el confort, lo cual constituye una
perfecta estrategia desmovilizadora. Una vez que nosotros en la
individualidad somos satisfechos ya no tenemos tiempo, o mejor ya no
tenemos necesidad, urgencia, para resolver la satisfacción colectiva.
Por
supuesto, la clase media encuentra que todas esas satisfacciones se las
merece, y así con esa clave retraduce y justifica que otros no las
tengan porque no han hecho (individualmente) lo que ella ha hecho. Por
ejemplo, citemos una frase típica entre universitarios: yo sí me quemé
las pestañas. (Yo sí trabajé, yo sí estudié) Todo es individual (e
intransferible). Igual como se merece, así dice la clase media,
“bachaquear” dólares, es más, lo que dice es: esos dólares son míos.

La
clase media entrega su tiempo, pero no es ella individualmente, lo
entrega como clase, porque el capitalismo ha generado esa trampa. A cada
uno de nosotros nos trata como individuos, y ya he dicho antes que el
individuo no existe, ahora bien, el capitalismo nos trata como tales, de
hecho nos convierte en objetos de derecho, de la economía, de lo
político, individualmente. Así nos trata. Nosotros entregamos nuestros
tiempos particulares, que se convierten en una gran masa de tiempo que
el capitalismo administra para su única necesidad que es la reproducción
del capital. O sea, nosotros nos deshumanizamos y los ricos capitalizan
dinero. Nuestro tiempo se convierte en dinero. La retribución del
capital viene por la generación de confort que se traduce
individualmente. Ahora bien, ese confort individual ocurre a expensas
del tiempo que no solamente entregamos, pues pudiera haber una mínima
relación de equidad, el asunto es que la gran mayoría que no es clase
media está siendo más explotada en su tiempo porque primero, no tiene
ninguna compensación de confort y además, hace todo el trabajo duro: la
minería, la albañilería, la construcción. Pónganse a ver dónde está el
esfuerzo que construye materialmente la realidad...
Por
ejemplo, buena parte de las textileras del mundo están construidas
sobre trabajo esclavo, pero la clase media no sabe nada de eso y no
quiere saberlo porque está muy confortable, experimentando
individualmente su confort puesto que siente y cree que “se lo merece”.
¿Qué es lo que no ve? Que el microondas, el celular, la ropa, están
construidos con trabajo esclavo.
¿Quién
construye la invisibilidad de ese trabajo esclavo? Buena parte la
construye la inconsciencia colectiva de la clase media. ¿Por qué no ve
eso? Porque verlo desnudaría su contradicción básica, dejándola al
desnudo. Por eso los medios de comunicación buscan por todas las vías
tapar esa realidad, e incluso creo que si la mostraran, buena parte de
la clase media se rehusaría a verla.
Existen
como se ve tres segmentos en esto del manejo del tiempo: los ricos
gozan el que expropian de la clase media la cual se siente retribuida
–al perder su tiempo- con sentimientos y conceptos de confort; por
último, el tiempo que ricos y clase media roban de las grandes mayorías
que hacen el trabajo con el que fabrican todo cuanto existe. La
maquinaria funciona perfectamente porque a los ricos no les preocupa la
explotación, la clase media no se da cuenta de la realidad porque se
siente confortable, y los pobres permanecen en la invisibilidad del
trabajo de las minas, en la explotación terrible, sin voz ni mecanismos
para hacer visible la expropiación de la que son objeto.
Así
funciona el mundo, así ha funcionado, por lo menos desde la revolución
industrial para acá. La expropiación del tiempo y la explotación total,
en las márgenes, en las periferias de las ciudades; mientras, la clase
media aceita y mantiene en movimiento la ideología del capital
cabalgando la ola del confort que se manifiesta individualmente;
finalmente, el rico vive de la explotación y el consumo a manos y boca
llena del tiempo que roba.
¿Qué
nos toca a nosotros? Lo decía hace un momento: nos toca primero,
entender esa situación, comenzar a discutirla en estos aspectos
filosófico-materiales. Segundo: nos toca entender que debemos construir
una economía liberadora, que logre liberar tiempo social.
Una manera de recuperar el tiempo es con el trabajo colectivo. Porque el capitalismo, como individualizó al homo economicus dijo
además que el esfuerzo y el trabajo eran individuales y que el
trabajador por ese y sólo por ese recibe su paga. Lo que el individuo no
ve es cómo forma parte de un colectivo. Claro, el capitalismo generó
mecanismos de trabajo que individualizaron el esfuerzo, el fordismo por
ejemplo, que terminó siendo una ideología, una manera de ser y de
producir.
Nos
toca pues organizarnos para el trabajo colectivo. Porque trabajando
juntos liberamos tiempo. El esfuerzo colectivo es lo que puede liberar
tiempo. Nosotros debemos crear empresas socialistas donde la enseña, la
bandera sea el trabajo colectivo, con la disminución sistemática y
progresiva de las horas de trabajo. Por supuesto, seguro ustedes habrán
leído cosas sobre la plusvalía, es decir, cómo se roba el tiempo el
capital, pero lo que sí me interesa es ver cómo nosotros recuperamos
para nosotros, para el pueblo la verdadera noción de trabajo que nada
tiene que ver con el trabajo capitalista.
En
esa noción de trabajo podemos encontrar que el tiempo para producir la
realidad material, si se trabaja en colectivo, es –como dicen- más
rendidor. Debemos pues sacarnos de la cabeza –y fue una reivindicación
de comienzos del siglo XX- el 8 horas de trabajo. Chávez lo intentó
cuando nos repetía que con 6 horas era suficiente, es posible que hasta
con menos, pero es una cuestión que tenemos en la cabeza y que es como
una cárcel, una forma de esclavitud. Porque hay mucha gente que dice: si
trabajamos 4 vamos a afectar la producción. Nosotros tenemos en la
cabeza que si no trabajamos al ritmo del capital vamos a empobrecernos y
eso es una trampa, una ideología con la que fuimos amamantados.
Necesitamos liberar el trabajo del concepto capitalista de trabajo, que no es trabajo nada. Necesitamos
reencontrar en colectivo, redefinir qué es trabajar. Y cómo es que
podemos –ahora sí- trabajar en función de intereses colectivos y en
función de satisfacer necesidades bien planificadas, necesitamos
trabajar en función de un plan económico construido territorialmente,
comunalmente y allí distribuir el trabajo en función de ese plan, porque
la “economía” está tomada por los intereses del capital. Tenemos
entonces, como activadores culturales, que trabajar en nuestros barrios
la construcción de proyectos socialistas, empresas socialistas donde la
producción satisfaga necesidades territorializadas y a un ritmo de
producción que no signifique la pérdida del tiempo, entregar tiempo a
una lógica de reproducción del capital que no tendría sentido allí.
Nosotros
pudiéramos generar empresas en función de una economía donde empresas
familiares constituidas por costureras trabajen por ejemplo dos horas
diarias, no tendrían que trabajar 8, porque esa es una lógica ganada
incluso a punta de muertos, porque sépase no eran 8 horas antes de los
sucesos de Chicago, eran 10, 12, 14 o 16. Nosotros tendríamos que ver,
primero, qué significa trabajar y luego, en base a la producción
articulada a las necesidades, colectivamente, trabajar. Se trata de
tomar el asunto de la construcción del tiempo y de la realidad en
nuestras manos. De pronto, digo, trabajamos 5 horas y está bien,
trabajamos 6 y también está bien, pero lo que sea que trabajemos debe
estar en relación directa con lo que se produce y la satisfacción de
necesidades.
Además
hay un montón de cosas que hoy, con la tecnología, se facilitan, porque
he aquí que la trampa del capitalismo era decir que la máquina nos
liberaría de tiempo, algo totalmente falso y a la vista está. El
capitalismo con las máquinas liberó tiempo pero no lo retribuyó a los
humanos sino que lo sumó a la acumulación de capital. Nosotros
necesitamos recuperar la máquina para liberar tiempo. El proyecto
socialista no puede ser la producción loca (producir por producir) como
tal vez se lo planteó según alguna literatura la URSS, nosotros
necesitamos trabajo liberador, la máquina incorporada al trabajo para
liberar tiempo, poner a la máquina a trabajar mientras nosotros
discutimos, conversamos, en fin tenemos tiempo para la construcción
colectiva, para el uso y usufructo que es la vida. Porque el tiempo, en
definitiva, es la vida. Sólo estamos aquí para gozar del tiempo y el
capitalismo nos lo robó.
¿Cómo se lo quitamos? He allí el proyecto político.